jueves, 4 de agosto de 2016


XXI Domingo del Tiempo Ordinario, 21 de Agosto 2016, Año C



Todos serán bienvenidos,

pero atentos a no llegar tarde

Introducción


“Ensancha el espacio de tu tienda, despliega sin miedo tus lonas, alarga tus cuerdas, cava bien tus estacas porque te extenderás a derecha e izquierda” (Is 54,2-3). Esta es la invitación que el profeta dirige a Jerusalén encerrada en un apretado cerco de murallas. Se han terminado los tiempos de nacionalismos estrechos; se abren nuevos e ilimitados horizontes: la ciudad debe prepararse para recibir a todos los pueblos que vendrán a ella porque todos, no solo Israel, son herederos de las bendiciones prometidas a Abrahán.

La imagen empleada por el profeta es deliciosa, nos hace contemplar vívidamente a la humanidad entera de camino hacia el monte sobre el que se levanta Jerusalén. Allí el Señor ha preparado un “festín de manjares suculentos, un festín de vinos añejados, manjares deliciosas, vinos generosos” (Is 25,6).

Con otra imagen de la ciudad, el autor del Apocalipsis describe, en las últimas páginas de su libro, la gozosa conclusión de la turbulenta historia de la humanidad. Jerusalén, dice: “tiene una muralla grande y alta, con doce puertas y doce ángeles en las puertas. Al oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y al occidentes tres puertas” (Ap 21,12-13). La imagen es distinta pero el significado es el mismo: desde cualquier parte de donde procedan, todo hombre y mujer encontrarán las puertas de la ciudad abiertas de par en par para darles la bienvenida.

El camino, sin embargo, hacia el banquete del reino de Dios no es un cómodo paseo. La senda es estrecha y la puerta –dice Jesús– es angosta y difícil de encontrar. Esta afirmación no contradice el mensaje optimista y gozoso de los profetas que anuncian la salvación universal, sino que pone en guardia contra la ilusión de quienes creen caminar por el camino justo cuando, por el contrario, andan perdidos por senderos que los están alejando de la meta. Todos llegarán finalmente a la meta, sí, pero no conviene llegar al final del banquete.

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Te alabarán, Señor, todos los pueblos de la tierra”.

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio


Primera Lectura: Isaías 66,18-21

Así dice el Señor: Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria; 66,19: les daré una señal, y de entre ellos despacharé supervivientes a las naciones: a Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal y Grecia; a las costas lejanas, que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria, y anunciarán mi gloria a las naciones. 66,20: Y de todas las naciones, como ofrenda al Señor, traerán a todos sus hermanos a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi Monte Santo de Jerusalén –dice el Señor–, como los israelitas traen la ofrenda en una vasija pura al templo del Señor. 66,21: De entre ellos escogeré sacerdotes y levitas –dice el Señor. – Palabra de Dios

Nos encontramos a gusto con quienes piensan como nosotros, aprueban nuestras costumbres, observan nuestras leyes. Los extranjeros nos producen inquietud o miedo porque sus comportamientos se salen de nuestros esquemas. En la tribu africana en la que viví algunos años, por ejemplo, me encontré con una expresión curiosa. Cuan ven juntos a un negro y a un blanco dicen: “mutxú ni mukunya”, he ahí a un hombre y a un blanco. Uno de los dos es seguramente hombre porque respeta las tradiciones, el otro…es solamente un blanco.

Los israelitas también estaban convencidos de ser los únicos “hombres”. Se consideraban justos, fieles a Dios y se habían rodeados de leyes severas para impedir las relaciones, las amistades y los matrimonios con extranjeros que no conocían al Señor y servían a los ídolos (cf. Dt 7,1-8). Lo acontecimientos de la historia se han encargado de desmantelar progresivamente estos prejuicios.

Durante el exilio de Babilonia los israelitas se han visto obligados a reconocer que, si habían sido tan duramente probados por Dios, quería decir que no eran tan justos como pensaban. En el exilio, por fin, han conocido personalmente a los tan denigrados extranjeros y, con gran asombro, han descubierto que no eran como habían pensado, temido y sospechado. Se encontraron con gente buena, simpática, generosa, hospitalaria, con familias no menos ejemplares que las suyas, con personas de alta moralidad. En resumen…había entre los paganos muchos hombres y mujeres mejores que ellos.

Es durante este tiempo que se asoma a sus mentes la idea de que quizás Dios no sea solamente el Dios de Israel, sino de todos los pueblos y de que ame a todos por igual sin distinción de razas o tribus. Se comienza a hablar de un reino futuro de felicidad y paz y a compararlo a un gran banquete en que se servirán vinos excelentes y refinados, manjares suculentos y carnes tiernas. Ésta no será una fiesta reservada a los israelitas; la sala del banquete estará abierta para dar la bienvenida a todos los pueblos (cf. Is 25,6).

La lectura de hoy nos trae las palabras de un profeta que ha vivido en aquellos tiempos de renovación de ideas y cambios de mentalidad. Comienza con las palabras de Dios que destruirá todas las barreras que dividen a los pueblos: “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua” (v. 18). Después, anuncia algo inaudito: los extranjeros serán tan devotos de mi nombre que los elegiré, con preferencia a los israelitas, y los enviaré como misioneros para llevar mi salvación a las gentes del todo el mundo (v. 19).

La promesa más escandalosa viene reservada para el final: “De entre ellos escogeré sacerdotes y levitas, dice el Señor” (v. 21).

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Segunda Lectura: Hebreos 12,5-7.11-13

Hermanos, ¿Han olvidado ya la exhortación que Dios les dirige como a hijos? Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor ni te desanimes si te reprende; 12,6: porque el Señor corrige a quien ama y azota a los hijos que reconoce. 12,7: Aguanten, es por su educación, que Dios los trata como a hijos. ¿Hay algún hijo a quien su padre no castigue? 12,11: Ninguna corrección, cuando es aplicada, resulta agradable, más bien duele; pero más tarde produce en los que fueron corregidos frutos de paz y de justicia. 12,12: Por tanto, fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes, 12,13: enderecen las sendas para sus pies, de modo que el rengo no caiga, sino que se sane. – Palabra de Dios

Sabemos ya por los domingos pasados que los destinatarios de esta carta eran cristianos afligidos que no lograban encontrar una explicación ni dar sentido a sus tribulaciones. El autor trata de ayudarles, ofreciéndoles un ejemplo de pedagogía casera.

Si un maestro tiene entre sus alumnos también a un hijo suyo, no le da trato de preferencia sino que quiere que se aplique y se empeñe como los demás. A cualquier otro alumno que sea perezoso e indolente, se contenta con llamarle la atención, pero si es su hijo quien se comporta mal, la reprimenda e incluso el castigo son más severos, precisamente porque se trata de su hijo, porque le ama más. Esta es la razón por la que Dios permite que los creyentes se vean sometidos a tantas pruebas: para hacerlos mejores (vv. 5-7). Las pruebas son la señal de que Dios no los considera como a extraños, sino como a hijos. Éstos, de momento, quizás se quejen de la dureza del Padre, pero más adelante, cuando hayan crecido, le darán las gracias por la educación recibida (v. 11-12).

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Evangelio: Lucas 13,22-30

Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos mientras se dirigía a Jerusalén. 13,23: Uno le preguntó: –Señor, ¿son pocos los que se salvan? Les contestó: 13,24: –Procuren entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos intentarán entrar y no podrán. 13,25: Apenas se levante el dueño de casa y cierre la puerta, ustedes desde afuera se pondrán a golpear diciendo: Señor, ábrenos. Él les contestará: No sé de dónde son ustedes. 13,26: Entonces dirán: Hemos comido y bebido contigo, en nuestras calles enseñaste. 13,27: Él responderá: les digo que no sé de dónde son ustedes. Apártense de mí, malhechores. 13,28: Allí será el llanto y el crujir de dientes, cuando vean a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, mientras ustedes sean expulsados. 13,29: Vendrán de oriente y occidente, del norte y el sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. 13,30: Porque, hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos. – Palabra del Señor

En el evangelio de Mateo encontramos con frecuencia en boca de Jesús palabras muy duras contra los malvados: habla del fuego del infierno, les amenaza con separar a las ovejas de las cabras y, nada menos que siete veces, anuncia a los pecadores que les espera llanto y crujir de dientes.

Lucas presenta a un Jesús más comprensivo, indulgente y siempre pronto a ponerse de parte de los pobres, de los desesperados, de los que han tenido una vida difícil. Siempre los presenta así… excepto en el pasaje de hoy donde, extrañamente, recurre a las amenazas y condenas. Hay una puerta estrecha a través de la cual es casi imposible pasar; incluso viene inesperadamente cerrada y el que está dentro está dentro y el que está fuera se queda afuera. Los que llegan con retraso son despedidos de malos modos. ¡Es demasiado tarde!, grita el dueño de la casa. ¡Fuera de aquí! ¡Aléjense de mi vista! ¡No les conozco! ¡Les espera llanto y crujir de dientes!

Quien se ha dejado envolver y fascinar por los temas favoritos de Lucas –la alegría, la fiesta, el optimismo, la clemencia de Dios– se queda estupefacto ante tales palabras. Nunca se hubiera esperado de Jesús semejante comportamiento. El que amaba a publicanos y pecadores y aceptaba con gusto sus invitaciones para comer con ellos, ahora les cierra la puerta a sus amigos en su cara, fríamente y sin dudarlo. El Jesús inflexible de esta parábola no parece el mismo que sugería invitar al banquete a lisiados, tullidos y ciegos (cf. Lc 14,13) de quienes lógicamente no se puede esperar ni puntualidad ni que acierten de inmediato con la puerta de entrada. No se asemeja al médico que ha venido a curar a los enfermos, ni al pastor que se enternece por la oveja perdida, ni al amigo que se levanta de noche para dar pan. Sus sentimientos son distintos de los del padre del hijo pródigo. Resulta extraño también su consejo: “Procuren entrar por la puerta estrecha”, parece una invitación a preocuparse solamente por la salvación propia. Quien a fuerza de codazos logra hacerse con un puesto en la sala del banquete, parece desinteresarse por quien se ha quedado fuera.

No es difícil intuir la razón que ha llevado a Lucas a inserir en su Evangelio palabras tan duras. En sus comunidades se han infiltrado el laxismo, el cansancio, la presunción de estar en excelentes relaciones con Dios, la arrogante convicción de que basten los buenos propósitos para obtener la salvación a buen precio. Lucas se da cuenta de que muchos cristianos corren el riesgo de quedar excluidos del reino y se siente en el deber de desenmascarar el falso optimismo que se ha extendido. Emplea lenguaje e imágenes ligadas a su cultura, ambiente y época. Hay que tener muy presente este hecho, pues de lo contrario podemos adulterar el sentido de las palabras de Jesús y considerarlas como información de los que ocurrirá al final del mundo. Los detalles son dramáticos, el lenguaje es impresionante, pero es así como se exprimían los predicadores de aquel tiempo con la intención de sacudir las conciencias de sus oyentes.

Tratemos de captar el significado de semejantes expresiones. Un día, a alguien se le escapa la pregunta: “Señor ¿Son pocos los que se salvan?” (v. 23). Algunos rabinos enseñaban que todo el pueblo de Israel participaría en el banquete del reino. Otros sostenían que no, que son más numerosos los que se pierden que los que se salvan, como un rio es mayor que una gota de agua. La opinión más extendida, sin embargo, era: “Este siglo creado por el Altísimo para una multitud, pero el siglo futuro lo será para un pequeño número. Muchos han sido creados, pocos, sin embargo, se salvarán.

Jesús no entra en el argumento porque la pregunta ha sido mal planteada y, por tanto, cualquier respuesta sería incorrecta y engañosa. Si responde no, crea falsas seguridades, si responde sí, provoca desaliento. Jesús rechaza convertirse en un visionario apocalíptico; no ha venido a desvelar números y fechas secretas, como hacen algunos soñadores chalados de nuestros días. Jesús prefiere cambiar de argumento, no entre en especulaciones sobre el fin del mundo y la salvación eterna; lo que interesa es dejar claro cómo se entra en el reino de Dios, es decir, cómo convertirse “hoy” en discípulos suyos y mantenerse como tales.

La primera condición es: “Procuren entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos intentarán entrar y no podrán” (v. 24). Sorprende el hecho no logren entrar a pesar de intentarlo. Aparentemente no les falta la buena voluntad, pero se equivocan en el modo de hacerlo. Se refiere a los fariseos que exhiben una vida impecable y ejemplar, ayunan dos veces por semana, no son ladrones ni adúlteros y, sin embargo, no logran entrar.

Para poder pasar por una puerta estrecha, lo sabemos, solo hay una manera de hacerlo: contraerse, estrecharse, es decir: hacerse pequeño. Quien es grande y grueso no pasa; puede intentarlo de muchas maneras, de frente o de perfil, pero no logrará pasar. Ésto es lo que a Jesús le interesa que quede claro: no se puede ser discípulos suyos sin renunciar a ser grande, sin hacernos pequeños y servidores de todos.

He aquí el error del fariseo: la presunción, la confianza puesta en la propia santidad, en sus buenas obras. No ahorra energías, hace de todo para agrandar a Dios –lo reconoce también Pablo (cf. Rom 10,3)– pero está demasiado inflado de vanidad y arrogancia. Pequeño es quien reconoce que no merece nada, quien mirándose a sí mismo se siente frágil y perdido, quien no ve otra salida que no sea la de encomendarse a la misericordia de Dios; solo éste logra pasar a través de la puerta estrecha.

Quien no asume la disposición interior del pequeño, no puede entrar en el reino de Dios, aunque sea muy rezador, buen catequista, gran predicador, incluso hacedor de milagros (cf. Mt 7,22). Jesús continúa desarrollando las implicaciones que lleva consigo su invitación a participar en el banquete mediante una parábola que introduce otra exigencia: es necesario darse prisa, pues no hay tiempo que perder (vv. 25-30).Un gran señor ofrece gratuitamente un banquete al que todos están invitados, con la sola condición, como hemos visto, de ser lo suficientemente pequeños para pasar por la puerta y de hacerlo sin pretensiones. Pero, ¡atención!, llega un momento en que la puerta viene cerrada. El gran señor es claramente Dios quien, como ha prometido por boca de los profetas (cf. Is 25,6-8; 55,1-2; 65,13-14), organiza el banquete del reino.

La escena ahora se desdobla. Hay un primer grupo de personas que, dejadas fuera, pretender entrar alegando a gritos sus razones: “Hemos comido y bebido contigo, en nuestras calles enseñaste” (v. 26). Pero el gran señor no les abre la puerta, sino que los expulsa, llamándoles malhechores: “Les digo que no sé de dónde son ustedes. Apártense de mí, malhechores” (v. 27).

¿Quiénes son estos tales? Tratemos de identificarlos: han conocido a Jesús, le han escuchado, han comido el pan con él. No son, por tanto, paganos, sino miembros de la comunidad cristiana. Son los que tienen sus nombres inscritos en los registros de los bautismos, que han leído el Evangelio y han participado al banquete eucarístico. Creen tener los papeles en regla para poder entrar en la fiesta y, sin embargo, son alejados porque no basta el mero conocimiento de la propuesta evangélica, sino que es necesario comprometerse, adherirse a ella. Quien no se compromete a tiempo con evangelio, es un hacedor de iniquidad.

Esta severa condena va dirigida a los cristianos flojos, “tibios”, superficiales, que se contentan con una pertenencia externa a la comunidad, celebrando liturgias huecas que se reducen para ellos a ritos exteriores incapaces de transformar sus vidas. No hay que entender este rechazo, sin embargo, como una condena definitiva, como exclusión eterna de la salvación. Una interpretación en este sentido, sería errónea y peligrosa por ir contra el mensaje evangélico.

Las palabras de Jesús se refieren al presente, a la pertenencia y adhesión al reino de Dios hoy, aquí y ahora, son una apasionada invitación a que evaluemos con urgencia la propia vida espiritual porque muchos cultivan la ilusión de ser discípulos de Jesús cuando, en realidad, no lo son. Éstos tales, si no se dan cuenta pronto, terminarán en llanto (cuando descubran que han fallado miserablemente), y en rechinar de dientes (símbolo de la amargura y la rabia de quien comprende, demasiado tarde, haberse equivocado).

Vayamos al segundo grupo, compuesto por quienes están dentro. Sentados a la mesa están los patriarcas: Abrahán, Isaac, Jacob, después todos los profetas, finalmente una inmensa multitud, venida de Oriente y de Occidente, del norte y del sur. No se dice que todos éstos hayan conocido a Jesús y caminado a su lado, quizás muchos de ellos ni quiera sabían de su existencia. Lo cierto es que, si han logrado entrar, significa que pasado por la puerta estrecha, mientras que los del primer grupo se han quedado fuera (vv. 28-30).

Volvamos unas cuantas páginas atrás. En el capítulo 9 del evangelio de Lucas se dice que un día surgió una discusión entre los discípulos a cerca de quien era el más grande. Jesús, entonces, tomando un niño “lo colocó junto a sí y les dijo: El más pequeño de todos ustedes, ese es el mayor” (Lc 9,46-47). No puede participar en el banquete quien no se esfuerza por ser pequeño.

Jesús no ha querido meter miedo a nadie con la amenaza del infierno. Su condena va dirigida contra la vida tibia (ni fría ni caliente), incoherente, hipócrita que llevan tantos hombres y mujeres que dicen ser sus discípulos. Y sin embargo, incluso ante palabras tan inquietantes, todavía hay cristianos incoherentes, hipócritas y arrogantes a quienes ni siquiera les pasa por la imaginación el que un día el Señor pueda decirles: “No les conozco”.

Lucas, quizás con dolor del corazón porque no es su estilo, ha tenido que introducir este texto en su Evangelio. A diferencia de Mateo, sin embargo, quien concluye el pasaje de manera sombría y amenazadora: “Los ciudadanos del reino serán expulsados a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el crujir de dientes” (Mt 8,12), Lucas termina la parábola con la escena de la fiesta y del banquete con un dicho significativo: “Porque hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos” (v. 30).

Al final, por tanto, todos serán recibidos, aunque –por desgracia para ellos– los últimos habrán perdido la oportunidad de haber gozado desde el principio de las alegrías del banquete del reino de Dios.

 

miércoles, 3 de agosto de 2016

Un único destino aúna a los profetas XX Domingo del Tiempo Ordinario, 14 de Agosto de 2016, Año C

XX Domingo del Tiempo Ordinario, 14 de Agosto de 2016, Año C

Un único destino aúna a los profetas


Introducción


Sorprende la facilidad, la rapidez con que el escepticismo, el descrédito y la irrisión logran enfriar los entusiasmos, apagar los ideales, hacer inocuas las enseñanzas más nobles. Hemos conocido a jóvenes quienes, movidos por una pasión sincera, se habían empeñado en construir un mundo nuevo y una iglesia más evangélica. Pocos años después, han amainado las banderas y renunciado a los sueños. Se han acomodado a la “respetabilidad” imperante, a lo que antes consideraban fútil, efímero, banal. ¿Por comodidad, por oportunismo? Algunos quizás sí, pero otros han renunciado con profunda amargura a impulsos y proyectos juveniles porque…se han dejado llevar, en primer lugar, del desaliento, y después de la resignación. No habían tenido en cuenta a la oposición, los conflictos, las dificultades y han terminado por tirar la toalla.


Quien se compromete con la comunidad, espera aprobación, alabanza, apoyo a las iniciativas que lleva adelante, aunque solo sea por el tiempo y la energía que dedica a sus compromisos. ¡Vana ilusión! Más pronto que tarde, tendrá que enfrentarse a críticas  malévolas, envidias, celos. Y todavía estamos en el ámbito de las normales incomprensiones y sinsabores. La cosa se complica seriamente cuando están en juego opciones eclesiales decisivas, adhesiones a nuevas perspectivas abiertas por el Concilio, propuestas evangélicas incompatibles con la lógica de este mundo. Entonces, la hostilidad se manifiesta abiertamente y va en crescendo: desde el insulto, a la marginación y hasta el linchamiento moral.


Quien se siente “agredido” de esta manera corre un serio riesgo de desanimarse y de poner en discusión los compromisos antes asumidos con tanta lucidez. La tentación de adecuarse a la mentalidad dominante, a lo políticamente correcto, a los principios y valores dictados por el sentido común, es casi irresistible.


Jesús ha puesto en guardia a sus discípulos contra este peligro: “Si el mundo los odian, sepan que primero me odió a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya” (Jn 15,18). Ha tranquilizado sus ánimos perplejos y vacilantes, recordándoles que un destino común aúna, desde siempre, a todos los justos: “¡Ay de ustedes cuando todos los alaben! Del mismo modo los padres de ellos trataron a los falsos profetas” (Lc 6,23.26).


Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Que sea reconocida, Señor, la verdad de tus profetas”.


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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio


Primera Lectura: Jeremías 38,4-6.8-10


Los dignatarios del rey le dijeron: –Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia. 38,5: Respondió el rey Sedecías: –Ahí lo tienen, está en su poder: el rey no puede nada contra ustedes. 38,6: Ellos se apoderaron de Jeremías y lo arrojaron en el pozo de Malquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el pozo no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. 38,8: Ebed-Mélec salió de palacio y habló al rey: 38,9: –Majestad, esos hombres han tratado injustamente al profeta Jeremías, arrojándolo al pozo, donde morirá de hambre –porque no quedaba pan en la ciudad–. 38,10: Entonces el rey ordenó a Ebed-Mélec, el nubio: –Toma tres hombres a tu mando y saquen al profeta Jeremías del pozo antes de que muera. – Palabra de Dios


¡Hay que luchar! ¡Es necesario dialogar! ¡No, no hay que pactar con el enemigo! ¡Quien no empuña la espada, quien tiene miedo de recurrir a la violencia no ama al pueblo! Cada uno avanza su propuesta e intenta imponerla a los demás. Estamos en Jerusalén en el año 586 a,C. y la situación es desesperada. La ciudad está rodeada por el ejército de Nabucodonosor, la gente muere de hambre, pero los generales quieren resistir a toda costa y el rey Sedecías carece del valor para oponerse a los jefes militares. En momentos tan dramáticos, solo un habitante de Jerusalén no ha perdido la cabeza: Jeremías. Es éste un hombre de paz, reflexiona, se da cuenta de la inutilidad de toda resistencia armada y sugiere la rendición. Su propuesta provoca la indignación de los entorchados quienes se presentan ante Sedecías y le dicen: “Muera ese hombre, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia” (v. 4). El rey los escucha y consiente. Jeremías viene hecho prisionero y arrojado en un pozo “descolgándolo con sogas. En el pozo no había agua sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo” (vv. 5-6). Es la derrota del profeta que se siente abandonado por todos: por amigos, familiares y, aparentemente, también por Dios quien le ha prometido protección (cf. Jr 1,8).


Así las cosas, un hombre recto y valeroso, que no puede callarse frente a la injustica, se presenta inesperadamente ante el rey Sedecías y le dice:“Majestad, esos hombres han tratado injustamente al profeta Jeremías…” (v. 5). Se llama Ebed-Mélec y es un extranjero, un africano negro procedente de Etiopía que prestaba servicio en aquel tiempo en la corte del rey. Se necesitan agallas para pronunciar semejantes palabras contra los personajes más influyentes del reino. El rey le escucha y le da la orden de liberar al profeta. Ebed-Mélec toma consigo algunos hombres y con cuerdas y trapos se dirige al pozo donde habían arrojado al prisionero y le dice: “Coloca los trapos debajo de tus brazos, por debajo de la soga. Entonces tiraron de Jeremías con las sogas y lo sacaron del pozo” (Jr 38,11-13).


Lo ocurrido a este profeta no es un caso aislado. Todos los que anuncian la palabra de Dios son siempre tratados de esta manera. Su mensaje, antes o después, entrará en oposición  con los intereses de los poderosos y éstos comenzarán a perseguirlos, intentando por todos los medios hacerlos callar, o incluso eliminarlos. Antiguamente se recurría a la violencia física (así fueron quitados de en medio Jesús y muchos de sus discípulos). Hoy los métodos son diversos, pero no menos brutales: la marginación, el desprecio, la denigración, las amenazas. Basta pensar qué es lo que le espera a quien se atreve a criticar los comportamientos malvados de los detentores del poder, a quienes denuncian injusticias, robos, corrupción en el trabajo, a quien rechaza la violencia como medio de establecer la justicia. Basta pensar a cómo son a veces tratados por los hermanos de la comunidad cristiana quienes se atreven a hacer propuestas evangélicas más audaces, exigen mayor transparencia en el uso del dinero, piden la renuncia a privilegios.


El Señor, sin embargo, no abandona a sus profetas perseguidos, aislados, arrojados al fango. Estará siempre a su lado, quizás suscitando, como en tiempos de Jeremías, a alguna persona simple, honesta, valiente, como el etíope Ebed-Mélec.


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Segunda Lectura: Hebreos 12,1-4


Nosotros, rodeados de una nube tan densa de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala; corramos con constancia la carrera que nos espera, 12,2: fijos los ojos en el que inició y consumó la fe, en Jesús. El cual, por la dicha que le esperaba, sufrió la cruz, despreció la humillación y se ha sentado a la derecha del trono de Dios. 12,3: Piensen en aquel que soportó tal oposición por parte de los pecadores, y no se desalentarán. 12,4: Todavía no han tenido que resistir hasta derramar la sangre en su lucha contra el pecado. – Palabra de Dios


Ya el pasado Domingo hicimos notar que los cristianos a quienes la carta a los Hebreos fue dirigida, pasaban por un momento bastante difícil, tanto que algunos estaban pensando abandonar la propia fe. Las dificultades aparecieron inmediatamente después de su conversión: habían sido víctimas de abusos, sufrido agresiones, fueron despojados de sus bienes, encarcelados (cf. Heb 10,32-34). La situación se había ido deteriorando hasta el punto de temer por sus vidas.


El autor de la carta, intenta animarles, les invita a no desalentarse, a no ceder. Ésta, dice, es una ocasión privilegiada porque permite demostrar a Cristo el propio amor y la propia fidelidad. La lectura compara la condición estos hombres y mujeres a la competición en un estadio. Estos cristianos son atletas que deben dar testimonio de fuerza y habilidad ante espectadores excepcionales: los grandes personajes del pasado, desde Abrahán hasta el último de los profetas (cf. Heb 11). La meta a alcanzar es Cristo. Los cristianos tienen que correr y competir a semejanza del Maestro y, como premio, recibirán del Padre la corona de gloria. Naturalmente no se puede correr con soltura si se arrastra alguna carga como, por ejemplo, el pecado.


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Evangelio: Lucas 12,49-57


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 12,49: Vine a traer fuego a la tierra, y, ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo! 12,50: Tengo que pasar por un bautismo, y, ¡qué angustia siento hasta que esto se haya cumplido! 12,51: ¿Piensan que vine a traer paz a la tierra? No he venido a traer la paz sino la división. 12,52: En adelante en una familia de cinco habrá división: tres contra dos, dos contra tres. 12,53: Se opondrán padre a hijo e hijo a padre, madre a hija e hija a madre, suegra a nuera y nuera a suegra. – Palabra del Señor


¿Qué fuego es el que Jesús ha venido a traer a la tierra? (v. 49). ¿Cuál es elbautismo que él tiene que recibir? (v. 50). ¿Qué quiere decir cuando afirma:“No he venido a traer la paz sino la división?” (v. 51). ¿Qué tiene que ver en todo este discurso la parábola sobre la necesidad de evitar que “tu rival…te arrastre hasta el juez” (vv. 58-59)? El Evangelio de hoy junta una serie de dichos del Señor más bien enigmáticos. Tratemos de comprender su sentido.


Comencemos por las imágenes del fuego y del bautismo (vv. 49-50). Al final del diluvio aparece en el cielo el arcoíris, símbolo de la paz restablecida entre el cielo y la tierra, y Dios jura: “El diluvio no volverá a destruir la vida ni habrá otro diluvio sobre la tierra” (Gn 9,11). De esta promesa nace y se difunde en Israel la convicción de que para purificar el mundo de la iniquidad, Dios no se serviría más del agua sino del fuego. “El Señor va a juzgar con su fuego a todo mortal” (Is 66,16). También el Bautista anuncia la venida del Mesías con palabras amenazadoras: “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Quemará la paja en un fuego que no se apaga” (Mt 3,11-12). De fuego habla también Jesús y, después de él, un poco también la mayoría de los autores del Nuevo Testamento.


¿De qué se trata? Lo primero que se nos ocurre es que está hablando del juicio final y del suplico eterno que les espera a los malvados. ¡Nada de esto! Así pensarían, quizás, Juan el bautista y los discípulos Santiago y Juan, pero ciertamente no Jesús.


El fuego de Dios no tiene como objetivo aniquilar o torturar a quien ha cometido errores, sino que es el instrumento con el que Él quiere destruir el mal y purificar del pecado. ¡Que se queden con su fuego los fundamentalistas y los predicadores fanáticos de las sectas apocalípticas! El anunciado por los profetas y encendido por Jesús es un fuego que salva, limpia, cura: es el fuego de su palabra, es su mensaje de salvación, es su Espíritu, el Espíritu Santo quien, en el día de Pentecostés, descendió sobre cada uno de los discípulos en lenguas como de fuego (cf. Hch 2,3-11), fuego que se ha propagado por el mundo como un gran incendio benéfico y renovador.


Ahora podemos comprender el sentido de la exclamación de Jesús: “¡Cómo me gustaría que estuviera ya ardiendo!” (v. 49). Es la expresión de su deseo ardiente de ver lo más pronto posible la destrucción de la cizaña que existe en el mundo. Malaquías ha anunciado: “Miren que llega el día, ardiente como un horno, cuando arrogantes y malvados serán la paja: ese día los quemaré”(Mal 3,19). Jesús espera con ansia la realización de esta profecía y ya ve el amanecer del nuevo mundo en el que no habrá más espacio para los malvados. Éstos desaparecerán, aniquilados por la llama irresistible de su amor.


La segunda imagen, la del bautismo, está ligada a la precedente. Jesús afirma que para desencadenar este incendio, antes debe él ser bautizado.Bautizarse significa sumergirse y Jesús se refiere a su inmersión en las aguas de la muerte (cf. Mc 10,38-39). Esta agua ha sido preparada por sus enemigos con el objetivo de apagar para siempre el fuego de su palabra, de su amor, de su Espíritu; sin embargo, el efecto ha sido lo contrario: es un agua que ha comunicado a este fuego una fuerza incontenible. Jesús “contempla con angustia” la pasión que le espera. La perspectiva que tiene ante sus ojos es dramática: será arrastrado por las olas de la humillación, de los sufrimientos y de la muerte, pero sabe que, saliendo de estas aguas obscuras, en el día de Pascua, dará inicio a un mundo nuevo.


Si este es el destino del Maestro ¿cuál será el de los discípulos portadores de la antorcha de su fuego? También ellos, dice Jesús, provocarán desacuerdos, divisiones, hostilidad y dolorosas laceraciones dentro de sus mismas familias. (vv. 51-53).


“¿Piensan que vine a traer paz a la tierra? No he venido a traer la paz sino la división”. Una afirmación sorprendente que deja desconcertados porque en los libros de los profetas está escrito que el Mesías será el “Príncipe de la paz” y que, durante su reinado, “la paz no tendrá fin” (Is 11,6-9); “el lobo y el cordero irán juntos, y la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león engordarán juntos” (Is 11,6-9); “destruirá los arcos de guerra, proclamará la paz a las naciones , dominará de mar a mar, del Gran Rio al confín de la tierra” (Zac 9,10); en Belén los ángeles cantaban: “¡paz en la tierra”! (Lc 2,14) y Pablo escribe: “Él es nuestra paz” (Ef 2,14).


El anuncio del Evangelio ¿traerá al mundo armonía o discordia entre familias y pueblos? Ciertamente los profetas han prometido la paz para los tiempos mesiánicos, pero también han anunciado conflictos y separaciones. Cuando Jesús habla de conflicto de generaciones (entre jóvenes y ancianos) y entre los que viven en una misma casa, no hace más que citar un texto del  profeta Miqueas el cual había intuido que el nacimiento de un nuevo mundo no sería pacífico y  sin dolor, sino que vería la luz entre sufrimientos desgarradores.


Lucas certifica que estas rupturas se han producido en sus comunidades. A la luz de las palabras del Maestro, comprende que eran inevitables y, en el contexto en que estas palabras son colocadas, nos ayudan a comprender el por qué.


El mensaje de Jesús es un fuego y, lógicamente, quienes tienen bienes que proteger, palacios que custodiar no ve con bueno ojos a los “incendiarios”. El Evangelio es una antorcha encendida que quiere reducir a una inmensa pira todas las estructuras injustas, las situaciones deshumanas, las discriminaciones, el ansia del dinero, el frenesí del poder.


Quien se siente amenazado por este “fuego”, no permanece pasivo. Se opone por todos los medios. Reacciona con violencia porque quiere perpetuar el pecado en el mundo. Primero son las incomprensiones, después vienen las divisiones y los conflictos y, finalmente, las persecuciones y la violencia.


No siempre la unión es buena y hay que aprobarla a toda costa. Se debe buscar la unión pero siempre partiendo de la palabra de Dios, partiendo de la verdad. La paz fundada en la mentira y en la injusticia, hay que rechazarla. A veces, es necesario provocar, con mucho amor y tratando de no ofender a nadie, saludables divisiones. No se deben confundir el odio, la violencia, las palabras ofensivas y arrogantes –que son incompatibles con un cristiano– con la confrontación leal, con los desacuerdos que nacen de propuestas nuevas, evangélicas. Estos desacuerdos son necesarios, aunque sean dolorosos por involucrar miembros de la misma familia.


Hemos oído hablar muchas veces después del Concilio de la imagen estupenda de los “signos de los tiempos”. Aparece en boca de Jesús en la tercera parte del Evangelio de hoy (vv. 54-57). Para los campesinos es importante reconocer lo cambios del tiempo: deben saber cuándo llegan las lluvias para sembrar en el momento justo. Escrutan el cielo, estudian el viento, saben que no pueden equivocarse porque corren el riesgo de ver las propias semillas quemadas por el sol. ¿Cómo es así que los hombres –se pregunta Jesús– que prestan tanta atención a las señales del calor y de la lluvia, no logran reconocer los signos del mundo nuevo que ha aparecido? Porque –responde– son unos hipócritas. Están capacitados para ver, pero no quieren abrir los ojos y no lo hacen por ignorancia, sino por mala voluntad. La realidad nueva introducida por su palabra les molesta, les incomoda. Quieren que el mundo antiguo continúe como hacen los actores (los hipócritas, justamente) de no darse cuenta de lo que está sucediendo.


Lucas tiene presente la situación de sus comunidades en las que muchos tienen miedo de las consecuencias del Evangelio y “fingen” no darse cuenta de los cambios, de las transformaciones, de las novedades que las palabras de Jesús están para introducir entre ellos.


El Evangelio concluye con una parábola (vv. 58-59). Un hombre ha ofendido a otro y éste le amenaza con llevarlo ante el juez. ¿Qué hacer? El culpable no tiene tiempo que perder: debe buscar inmediatamente un acuerdo con su adversario, de lo contrario se expone a la condena. ¿Qué sentido tiene esta parábola?


Está para llegar, dice Jesús, el momento del juicio, el mundo nuevo está apunto de surgir. Las señales del gran incendio que renovará la faz de la tierra son evidentes: los ciegos recobran la vista, los sordos oyen, los tullidos caminan, los leprosos son sanados, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio (cf. Mt 11,5) y, sin embargo, hay personas que no se preocupan lo más mínimo de todo esto. Se verán sorprendidas sin preparación alguna.